Porque me he acostumbrado a aspirar cada pequeño detalle. Por que disfruto de cada sorbito de café frente a la ventana de mi habitación, disfruto del vapor que desprende y del inconfundible olor que deja impregnado en mi ropa. Me apasiona tocar la guitarra sobre la cama, con los pies descalzos y poder ver los pájaros de papel que cuelgan del techo. Cerrar la puerta del dormitorio a mis espaldas y sonreír a la soledad, encender la minicadena y dejar que mi cuerpo baile al ritmo de la escandalosa música que hace vibrar el cristal de las ventanas. Poder echarme al suelo cuando estoy estresada y cerrar los ojos con fuerza. Sacar la cabeza por la ventana de noche, sentir el viento acariciando mi pelo y respirar el ambiente nocturno, ver el vaho que sale de mi boca y sonreír a cada estrella. Abrazar con fuerza, sin más, y ver las sonrisas que producen mis locos gestos. Adicta al irrefrenable deseo de verte sonreír, adicta a ver tus precioso ojos, adicta a tus manos y a tus labios. Adicta a querer ver a todo el mundo feliz, adicta a llorar por las noches cuando la oscuridad ha inundado cada rincón y adicta a las largas conversaciones que te dejan despierta hasta la madrugada.
Porque yo, soy adicta a las insignificantes sensaciones, y el primer paso es admitirlo.
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