Me gritaste, con tanta fuerza que los tímpanos temían quebrarse, que te alejara de mi;
pero olvidaste el pequeño detalle de que eras totalmente mudo.
También pareciste olvidar, que el tiempo decidió que yo debía ser sorda.
Así es como la sorda y el mudo, se gritaban silencios y se cantaban mentiras.
Se dañaban en la distancia rebosantes de ira, algo podrida ya por el tiempo absorbente que los separaba.