Y volvimos al inicio, al punto 0, al Big Bang y a la creación.
Tuve que vivir muchas cosas,
el cuento de hadas y el drama que termina con lágrimas,
de sonrisas a lágrimas y a reconciliaciones,
tuve que tocar el suelo para subir hasta el cielo.
Un cielo tranquilo, impasible, calmado y silencioso,
con algunos tintes de dudosidad y miedos,
reflejos de ese áspero suelo quizás.
Él es el cielo perfecto,
ese cielo peinado por el viento,
con tintes fuertes pero inofensivos.
Él es la calma y la tormenta, y de nuevo, calma.
Un cielo que persigue el vapor de trenes
y se refugia en estaciones.
¿Y que sería del cielo sin sus noches?
Esas noches salvajes y estrelladas,
noches que erizan la piel, provocan e insinúan.
Él es el viaje,
y le amo.
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